Cada día tengo que aguantar que clientes vengan a mi stand con la típica frase "cuando llamo a atención al cliente me atiende un panchito/guachupino/sudaca (derivados varios)" con cierto tonito despectivo. Peronas que no me conocen de nada, que no me han visto en su vida ni saben nada de mi, me hablan dando por hecho que, por ser española, pienso igual de ellos. Me revientan sobre todo cuando se lo dicen a mi compañera, cuyo marido es chileno y su hija, por tanto, "medio sudaca".
Antes de ayer, en el programa nocturno de los 40 Principales llamado "La Mar de Noches", un transexual llamó para quejarse de que, por ser como es, no le daban trabajo; daba el pego físicamente, pero su voz le delataba. Un oyente llamó indignado por la existencia de "ese tipo de personas" y por la normalidad con la que las locutoras hablaban del tema.
Se de algunos que se consideraban anti-taurinos y cambiaron de opinión tras la prohibición de los toros en Cataluña, al igual que aquellos criticaban al Papa y al Vaticano ven como una falta de respeto que los catalanes se manifiesten contra su visita. Me gustaría que un día se manifiestaran contra tirar dinero por las ventanas: saldría a la calle con un saco.
Necesitan concentrar su rabia en otros, culpar al resto de sus problemas, se sienten amenzados por lo diferente. No les da vergüenza expresarlo publicamente, ni les importa ofender a nadie. Yo, como ser humano, también lo necesito. Ellos serán los candidatos a mis tres minutos de odio y a mi purga imaginaria. Intolerancia contra el intolerante, valga la redundancia.